
Así era cómo se valoraba la psiquiatría en la década de 1970. Miraba en el espejo y veía su campo atacado por un movimiento antipsiquiatría, amenazado económicamente por terapeutas no médicos y escindido por discrepancias internas. Pero estaba en realidad negándose a ver el problema básico, que era que sus medicamentos estaban fracasando en el mercado. Eso era lo que había permitido que arraigase y se extendiese la crisis.
(Robert Whitaker)
El conocido periodista de investigación explica que si los psicótropos hubieran funcionado de verdad, el público hubiera estado aporreando la puerta de los psiquiatras en busca de recetas para esos medicamentos. No funcionaban, y los ingresos se les estaban marchando al garete.
En esta década de los setenta del siglo pasado, los pacientes a los que se les había obligado a tomar tratamientos forzosos de psicótropos empezaron a formar grupos con nombres como el Frente de liberación Loco y la Red contra el ataque psiquiátrico. En sus manifestaciones, llevaban pancartas que decían: ¡Abrazos, no fármacos!
El movimiento comenzó en las costas este y oeste de Estados Unidos. Destacaron el Insane Liberation Frond (Portland 1970), Mental Patients, Liberation Project (Nueva York, 1971), Network Against Psychiatric Assaut, NAPA ( San Francisco 1972). Estos grupo luchaban contra las prácticas coercitivas, el electrochoque, hospitalización involuntaria, medicación forzosa y psicocirugía. Su lema era: Nada sobre nosotros sin nosotros.
Recordemos que casi medio siglo atrás, H. S. Sullivan, uno de los suyos, cercano a la antropología, la sociología, y la psicología social, recomendaba como técnica de trabajo, una escucha larga, atenta y respetuosa a la persona que sufre una crisis vital profunda. Lo que nos parece ser cierto en una primera escucha de las palabras del entrevistado, puede estar muy lejos de explicar su realidad y las causas de su crisis.
Y en los años cuarenta surge el grupo We Are Not Alone (WANA). «No estamos solos» fue fundado por un grupo de pacientes del Hospital Estatal Rockland de Nueva York, historias que indican las necesidades de cambio de los abordajes de tratamiento.
Si los cuentacuentos no se hubieran unido entre sí, quizás no hubiera pasado la historia que contaremos de Jasmine, ni la de muchos otros pacientes cuyas vidas se destrozaron, o se apagaron por el triunfo posterior de la psiquiatría biomédica, a base de mentiras disfrazadas de verdades, a base de torcer los datos de las investigaciones realizadas, a base de campañas de marketing diseñadas desde el mismo seno de la psiquiatría, y a base de dar por ciertas realidades que no habían sido demostradas.
Los cuentacuentos de hoy y de ayer se olvidaron de Jasmine
La historia de Jasmine es una historia muy dolorosa, contada por Whitaker. Con ella empieza el capítulo XII del libro Anatomía de una epidemia.
Las fotos de Jasmine son un buen sitio para empezar su historia, nos narra el autor. Y según va describiendo era una niña alegre, llena de vida, lista y divertida, que montaba en bicicleta, disfrutaba de su familia, tenía amigos, era sociable. Sólo tenía un pequeño problema, de vez en cuando se hacía pis en la cama, lo que se llama enuresis nocturna.
Un problema que si sabes conceptos mínimos de psicología infantil, no necesita ningún tipo de medicación, y se aborda muy a menudo con distintas alternativas que dan resultados satisfactorios. Otras veces, el paso de los años corrige el problema. La enuresis ha sido un proceso de adaptación.
Por este motivo, cuando lees la trayectoria que los psicofármacos marcaron en la vida de Jasmine, no puede más que revolvérsete el estómago y llorar tu corazón.

Jasmine iba a ir a un campamento de verano y el médico le recetó una pastilla para el problema de la incontinencia urinaria. Resultó ser un antidepresivo tricíclico que no tardó en volverla agitada y hostil. Una tarde le dijo a su madre: Se me ocurren cosas horribles, tengo la sensación que voy a matar a alguien.
Nadie se planteó nunca si el fármaco podía haberle desencadenado ideas homicidas. Su extrema agitación era un indicio de que estaba sufriendo acatisia, un efecto secundario de los antidepresivos estrechamente vinculado al suicidio y a la violencia.
La historia continúa con una escalada de psicofármacos que poco a poco van haciendo de ella una enferma crónica, institucionalizada, que al final no deja que la abracen y ya no tiene palabras.
Las palabras de la madre de Jasmine sobrecogen: “Acudimos a pedir ayuda aquel verano cuando ella tenía 11 años por un problema menor que no tenía nada que ver con la psiquiatría. Puedo oírla reír con el pensamiento como era entonces. Pero le robaron la vida. La hemos perdido, aunque su cuerpo permanezca. Cada minuto que pasa veo lo que he perdido.”
Nadie preguntó nunca cómo era Jasmine antes de empezar a tomar pastillas.
“Acudimos a pedir ayuda aquel verano cuando ella tenía 11 años por un problema menor que no tenía nada que ver con la psiquiatría. Puedo oírla reír con el pensamiento como era entonces. Pero le robaron la vida. La hemos perdido, aunque su cuerpo permanezca. Cada minuto que pasa veo lo que he perdido.”
Los cuentacuentos actuales tampoco se plantean nada, era la enfermedad latente de Jasmine, no la mala praxis profesional. La psiquiatría biomédica es la predominante en el mundo occidental, sigue blandiendo las mismas recetas de marketing que se usaron en Estados Unidos. No han cambiado los formularios.
¿Es peor el remedio que la enfermedad?
Volvamos a los años setenta del pasado siglo, los escritos de los disidentes de aquellos años hablaban de fármacos psiquiátricos que convertían a la gente en vegetales.
El New York Times llegó a afirmar que esa práctica podría considerarse un asesinato espiritual.
Los afectados se quejaban de que los fármacos les estaban causando un dolor insoportable y que les habían convertido en zombis emocionales. En palabras de un ex-paciente: Los antipsicóticos se usan no para curar, ni ayudar, sino para torturar y controlar.
No, no era él sólo el que consideraba que aquello era una tortura, los neurolépticos o antipsicóticos de primera generación causaban espasmos musculares extremadamente dolorosos, síntomas parkinsonianos. Y los más grave, los pacientes se convertían en zombis emocionales, desmotivados, socialmente desconectados, la mirada perdida, con enorme tristeza en los ojos, en una realidad virtual lejana a la tuya. Este hecho era evidente en todos los lugares que se aplicaba la misma terapia. En España se podía ver, entre otros, en el Hospital Psiquiátrico de Leganés en los años sesenta y setenta. Se sabía que obstaculizaban los procesos de aprendizaje, que aumentaban las tasas de recaídas y que desarrollaban discinesia tardía, una disfunción motora grave que persiste después de la retirada de la medicación.
Fue Jonathan Cole quien lanzó un artículo de título provocativo, publicado en 1977 ¿Es peor el remedio que la enfermedad? Opinaba que el 50% de los pacientes podía salir adelante bien sin los fármacos antipsicóticos. El uso crónico de antipsicóticos provocaba trastornos neurológicos graves y a menudo irreversibles, como la ya nombrada discinesia tardía.
Por otra parte, la ecuación riesgo/beneficio mostraba que los efectos secundarios a largo plazo y que afectaban a la larga a la calidad de vida superaban los supuestos beneficios de las recaída.
Así se libraría a muchos pacientes de la discinesia tardía y de las cargas sociales y económicas que estos tratamientos conllevaban.
En palabras de Cole: “Todo paciente externo sometido a medicación antipsicótica debería de disfrutar del beneficio de un ensayo adecuado sin medicación”.
“Todo paciente externo sometido a medicación antipsicótica debería de disfrutar del beneficio de un ensayo adecuado sin medicación”.
La psiquiatría no se había mostrado eficaz con sus psicofármacos. Lo reflejaban también otras investigaciones como las de Guy de Chouinard y Barry Jones quienes explicaban por qué los fármacos para la esquizofrenia hacían más vulnerables a los pacientes que las tomaban, lo llamado psicosis de hipersensibilidad.
No había base experimental para mantener a los esquizofrénicos medicados, y lo mejor sería tirar los antipsicóticos al cubo de la basura.
En la Conferencia de la Federación Mundial de Salud Mental de 1984, celebrada en Copenhague, el psiquiatra sueco Lars Martensson manifestó: El uso de neurolépticos es una trampa. Es como tener incorporado en el cerebro un agente inductor de psicosis.
El uso de neurolépticos es una trampa. Es como tener incorporado en el cerebro un agente inductor de psicosis.
Estudios posteriores demostrarán que los efectos de los antipsicóticos de segunda generación, los llamados atípicos, no son mejores. Pero mientras la psiquiatría, acorralada por sus propios fracasos, buscará maneras de salir adelante, y sus protagonistas se convertirán en auténticos cuentacuentos.
González Pardo y Pérez Álvarez nos dirán que la supuesta menor incidencia de efectos secundarios de los antipsicóticos atípicos, incluso los más modernos, no ha dejado de ser una ilusión.
Campaña de marketing para garantizar los ingresos de los psiquiatras
Los cuentacuentos se pusieron en marcha. Allí estaba la Asociación Americana de Psiquiatría, que después de publicar el manual para el diagnóstico de enfermedades mentales, el DSM III, se lanzaba al ataque con una campaña de marketing. Había que ponerse la bata blanca e identificarse con su papel de médico. En esa identificación estaría su salida. Otras disciplinas le estaban comiendo el terreno y la ineficacia de sus psicofármacos se sabía en la calle.
En 1981 la Asociación Psiquiátrica Americana creó una campaña que se adaptaba de modo claro a las prácticas de las sociedades mercantiles. Descaradamente en 1986 el vicepresidente de la Asociación, Paul Fink afirmaba: «La tarea de la Asociación Psiquiátrica Americana es proteger el poder adquisitivo de los psiquiatras».
Estas palabras hoy día nos parecen de escándalo, avergüenzan, sobre todo teniendo en cuenta la ineficacia y daño de sus tratamientos, pero la gente de la calle no las conoce, ni las conocía. El altruismo de los psiquiatras tocaba tierra, lo que importaba con esta campaña era tener garantizados unos buenos ingresos.
En el año de 1981 se creó una editorial propia para promocionar educación positiva al público sobre su profesión, tapándose así los malos resultados de su práctica clínica.

Podríamos dividir las acciones para esta promoción de la identificación del psiquiatra con la bata blanca de la medicina en cinco puntos:
1) Creación de representantes para que hablasen a la prensa de las bondades del modelo biomédico.
2) Cortejo regular a la prensa, entre estos cortejos, jornadas informativas sobre los nuevos avances de la psiquiatría, como la celebrada en 1980, a la que asisten los más prestigiosos medios de comunicación del país.
3) Creación de espacios en servicios públicos de televisión, radio, hablando de salud mental, en la que se explicaba la eficacia de los fármacos psiquiátricos.
4) Hojas de datos informativos para distribuir a los medios en donde se hablaba de la prevalencia de los trastornos mentales y, cómo no, de la eficacia de los fármacos.
5) Guerra relámpago para atrapar a los medios, con entrega de premios a los periodistas cuyos reportajes les apoyaran, y les promocionaran buena publicidad.
6) Conseguir que titulares de revistas pasaran a hablar regularmente de una revolución en marcha de la psiquiatría.
Figuras de la campaña
Jon Franklin publicó una serie de artículos en los que hablaba de una nueva ciencia que era capaz de curar enfermedades mentales que afligían a cerca del 20% de la población. Afirmaba que la psiquiatría estaba a punto de convertirse en una ciencia tan exacta, tan precisa y cuantificable como la genética molecular.
Mark Gold de la Universidad de Yale afirmará: «Hemos explorado las fronteras de la ciencia y del entendimiento humano donde se haya la clave final y la curación de todas las enfermedades mentales».
Todas estas palabras, de un avance científico, no realizado, sino basado en sus deseos de que así fuera, aunque no está probado, pero no me entero si está probado, y lo afirmo con total desfachatez, están inscritas dentro de una fuerte y extensa campaña de marketing de la psiquiatría.
Podría discutirse lo lícito o no de que hicieran una campaña de marketing siempre que no faltaran a la verdad. Pero la verdad se transforma en aquello que yo me quiero creer, no en lo que es, ni en lo que manifiestan los psiquiatrizados, a los que se ignora ampliamente. No se tiene ni tiempo para escucharlos. La escucha es un bien escaso.
Una de las obras que inclinan más la balanza de la opinión pública es de la psiquiatra Nancy Andreasen con el libro El cerebro roto (1984), en donde expone los principios de la psiquiatría biológica. Para ella los trastornos psiquiátricos mayores son enfermedades. Y deben de ser considerados igual que lo son otras enfermedades médicas, como la diabetes o el cáncer. Sin embargo en el mismo libro, y en repetidas ocasiones, hablaba de que aún no habían descubierto que la gente diagnosticada con trastornos psiquiátricos tuvieran el cerebro roto, pero albergaba la esperanza de que ese conocimiento llegaría. Afirmaba, por otra parte que: el espíritu de una revolución, la impresión de que vamos a cambiar las cosas espectacularmente, aunque el proceso exija una serie de años, está muy presente.
Más tarde, la propia Andreasen tendrá que recoger velas y reconocer que sus estudios han llevado a un camino muy distinto del esperado por ella, y es a la demostración que los antipsicóticos afectan a la masa del cerebro, y reducen su tamaño, según cantidad y años tomados (Andreasen et al, 2011).
De la euforia inicial, de los resultados esperados, se cae en la triste realidad que la psiquiatría biomédica sigue negando. Sus métodos hacen más daño que bien.
Los cuatro cuentacuentos
Ya en 1951 la Asociación Psiquiátrica Americana había unido sus intereses a los de las farmacéuticas. Ahora fue en 1980 cuando la industria farmacéutica se unió más estrechamente y establecieron una sociedad de marketing farmacológico, dando un paso más adelante, permitiéndole a las farmacéuticas realizar charlas científicas. La Asociación se empezó a apoyar regularmente con el dinero de las farmacéuticas. El secretario de la Asociación Fredd Gottlieb comentaba en 1985 que de las mismas estaban recibiendo al año millones de dólares. Hay quien irónicamente comenta que la Asociación Psiquiátrica Americana se había convertido en la Asociación Psicofarmacéutica Americana.
En estos encuentros supuestamente científicos, pagados por las multinacionales farmacéuticas, todo orador sabía que si se salía del guion y hablaba de los efectos secundarios de los medicamentos o de sus inconvenientes no volvería a ser invitado. Los oradores pasaron a conocerse como “lideres de pensamiento”, elevándose a la condición de estrellas, y en los años dos mil se les pagaba entre 2.000 y 10.000 dólares por disertación. Algunos disidentes de esta forma de proceder, como Fuller Torrey, comentaba que se sentía que se estaban aproximando a una forma elegante de prostitución.
A estos dos cuentacuentos se les unió un tercer socio, el Instituto Nacional de Salud Mental. Y más tarde la NAMI, fundada en 1997 por Beverly Young y Harriet Shelter, asociación de padres que aportaron una vigorosa autoridad moral a la difusión de la historia del cerebro roto.

Los cuentacuentos, como cuatro jinetes, a cuya cabeza está la psiquiatría, auparon la psiquiatría biomédica, un modelo sin base científica que causará enormes daños.

Punto y final, de momento
Seguiremos hablando de cómo se distorsionaron los resultados de fármacos que se vendieron como milagrosos, entre ellos el famoso Prozac, y cómo se llegó a que la infancia, sin ton ni son, empezara a estar metida dentro de este mercado.
Por otra parte, David Healy presenta la historia y la intrahistoria de esta relación insana entre la industria farmacéutica y la depresión.
Las víctimas de los cuentacuentos son interminables a lo largo y a lo ancho del planeta.
A Jasmine, para una enuresis ocasional (pis nocturno) le empezaron a recetar un antidepresivo. ¿Qué tenía que ver eso con su problema? El deslizamiento diagnóstico es grave y está presente.
Laporte dirá: «El modelo de bala mágica que llega a donde tiene que llegar y allí practica una reparación precisa es una ilusión… Es un potente incentivo financiero, porque las balas mágicas se pueden producir a gran escala y son fáciles de distribuir y de vender, si se las compara con las intervenciones de carácter social…»
«El modelo de bala mágica (…) es una ilusión, un incentivo financiero porque las balas mágicas se pueden producir a gran escala y son fáciles de distribuir y de vender, si se las compara con las intervenciones de carácter social…»
Valverde, refiere que se sigue sin contar con los pacientes a los que se da antipsicóticos, sin contar con su opinión y se utiliza la coerción para que permanezcan en tratamiento durante años. La situación ha cambiado poco. Y está basada en medicamentos en los que se han distorsionado los datos de sus beneficios, así como tapados muchos de los efectos secundarios.
Los desastres de los cuentacuentos sigue siendo una realidad.
El grito de Jasmine

Al grito de Jasmine se unen otros innumerables gritos que han intentado ser callados.
El psiquiatra David Healy relata que los ISRS aumentan el riesgo de suicidio, y que los resultados de los tratamientos de trastornos afectivos eran hoy peor que hace un siglo. Eso no debería de estar pasando si nuestros fármacos funcionasen de verdad. O el grito de la psicóloga clínica Nadine Lambert en relación al uso de Ritalin. De casi 400 niños aquellos tratados con Ritalin en la infancia tenían el doble de tasas de consumo de cocaína y de tabaquismo.
En España llamamos la atención sobre el libro de Marino Pérez Alvarez titulado Más Aristóteles y menos Concerta, en donde expone con rigor la insostenibilidad del diagnóstico de TDAH como entidad clínica. Defiende a los niños del fuego amigo.
Que el grito de soledad de Jasmine, su mirada asustada, desde la casa de acogida destartalada para enfermos mentales graves de un suburbio de Seattle en Estado Unidos no se pierda, y nos recuerde a todos que como Jasmine somos herederos de una burda mentira, que la psiquiatría biomédica nos ha contado para el beneficio económico de unos pocos.
Whitaker relata: Jasmine me dirigió una mirada y retrocedió rápidamente, encogiéndose contra la pared de forma muy parecida a como lo haría un animal asustado… Jasmine no quería dejar que nadie la abrazase.
Su madre dirá: Le robaron la vida. La hemos perdido aunque su cuerpo permanezca.
«Le robaron la vida. La hemos perdido aunque su cuerpo permanezca.«
M.ª Rosa Arija Soutullo
Psicóloga
Febrero 2026
REFERENCIAS:
- El título de «Cuentacuentos» lo recojo de Robert Whitaker, quien lo refiere en su libro Anatomía de una epidemia. No es mío, por tanto, pero es muy ilustrativo de cómo nos engañaron, lo cual es importante saber a la hora de revindicar un cambio de paradigma.
Nos engañaron a sabiendas, por intereses ajenos a la salud mental. Y el problema es que esa mentira de la que han sido víctimas tantas personas sigue campando en la Sanidad española como si fuera una verdad, lo que conlleva muchos daños y sufrimientos, para los afectados y también para las familias. - Whitaker, Robert. Anatomía de una epidemia. Medicamentos psiquiátricos y el asombroso aumento de las enfermedades mentales. Traducido al español en el 2017 por J. Manuel Álvarez. Editorial Capital Swing.
El original se publicó en inglés en el 2010.
Robert Whitaker, periodista de investigación es uno de los autores básicos para comprender de dónde surgió el auge de la psiquiatría biomédica y cómo se hizo con el relato prioritario de la salud mental.
Como se puede ver, Whitaker ha trabajado durante muchos años en la publicación de artículos sobre los psicofármacos y las enfermedades mentales. - Antidepresivos tricíclicos. Estos se aplicaron a Jasmine. En un reducido formato, conseguido con IA de Google, se puede ver los efectos secundarios que padecen quienes los toman, en una u otra medida. Entre otros daños se comenta que los niños pueden experimentar cambios en el electroencefalograma y agitación.
- Andreasen, Nacy. The Broken Brain. Ed. Harper y Row 1984.
- Gardos, George and Cole, Jonathan. Maintenance Antipsychotic Terapy. ¿Is de Cure worse than the Disease? Am J.Psychiatry, 133, 1, January 1976.
- Gold, Mark.The Broken Brain. The Biological Revolution in Psiquiatry. Ed. Morrow Paperbacks 1985.
- González Pardo, Hector y Pérez Alvarez, Marino. La invención de los trastornos mentales. Alianza Editorial 2007.
- Healy , David. The Creation of Psychopharmacilogy. Havard University Press, 20o5.
- Healy , David. Let them eat Prozac. New York University Press, 2004.
- Lambert, Nadine. Prospective study of tobacco smoking and substance dependencies among samples of ADHD and non- AHD participants. Pub Med 1998 . Conferencia de Consenso de los Institutos Nacionales de Salud sobre el TDAH 1998.
- Laporte, Joan-Ramón. Crónica de una sociedad intoxicada. Editorial Penísula 2024.
- Martensson, Lars ¿Deberían de prohibirse los neurolépticos? Actas de la Conferencia de la Federación Mundial de Salud Mental, Copehague, 1985.
- Pérez Álvarez, Marino. Más Aristóteles y menos Concerta. Las cuatro causas del TDAH. Nuevos emprendimientos editoriales, 2018.
- Sullivan, H.Stack. La entrevista psiquiátrica. Editorial Psique. Buenos Aires, 1971.
- Valverde, Miguel Angel. Un dilema bioético a propósito de los antipsicóticos. Septiembre 2010. Revista Bioética y Derecho.
