Silje, una niña noruega, fue acosada en la escuela cuando tenía doce años. Con 16 años fue ingresada en un pabellón psiquiátrico donde le diagnosticaron una depresión moderada y le dieron Prozac (antidepresivo).
A las tres semanas le doblaron la dosis, y entonces fue cuando Silje empezó a cortarse en los brazos y en el estómago…

La historia de Silje Marie aparece en la obra de Peter Gøtzsche, Kit de Supervivencia para la salud mental y retirada de psicofármacos. Diez años de lucha y de pasarlo mal. Lo que estaba recetado para ser una ayuda le estaba creando terribles efectos, y deseos de suicidio. Muy fuerte. Prozac era y es un engaño que crea graves efectos secundarios. Silje fue una víctima más de las muchas que pueblan la historia de los ISRS.

Peter Christian Gøtzsche (Næstved, Dinamarca, 26 de noviembre de 1949) es un biólogo, médico e investigador en Medicina
Peter Christian Gøtzsche es biólogo, médico e investigador en Medicina

Peter Gøtzsche es uno de los autores clave para analizar los engaños de los cuentacuentos, psiquiatras de orientación biomédica, imperantes en la actualidad, la llamada Big Pharma, la Asociación de Salud Mental Americana y la NAMI (National Alliance on Mental Illnes).

Entre otras realidades, muy importantes para conocer tanto por los afectados como por las familias, entorno, amigos, Gøtzsche nos explica que:
Lo que la gente experimenta cuando empieza a tomar un fármaco son sus daños. Pocas personas no experimentarán ningún daño. La reacción obvia sería decirle a tu médico que no quieres el fármaco. Pero, conforme al guion de la psiquiatría, tu médico te convencerá de que continúes y te dirá que tardará un tiempo en hacerte efecto y que los daños, a los que los médicos llaman efectos secundarios, serán menos molestos con el tiempo.

Por lo que conocemos hay quien por espíritu crítico, por saber que existen otras formas de tratamiento, a pesar de que se los receten, no los toma, se libra de los psicofármacos y no abra la puerta a la maraña de la psiquiatría. Otros se escapan viendo los resultados desastrosos que producen en quien los toman. Sin embargo hay muchos que, por desconocimiento, por estar educados en creer en la medicina, caen en sus garras. La propaganda de sus beneficios está por todas partes. Parece que si no los tomas, cuando te encuentras con algún problema, te estás negando a proteger tu salud emocional. No es cierto.

La propaganda de los beneficios de los psicofármacos está por todas partes. Parece que si no los tomas, cuando te encuentras con algún problema, te estás negando a proteger tu salud emocional. No es cierto.


Reunión de la APA 2008. Imagen de seguridad de los participantes, de una reunión anual en la que la industria farmacéutica tiene mucho que ver.
Vayamos por un agujero en el tiempo, el que nos brinda el conocido periodista de investigación Robert Whitaker, a una de esas reuniones de la Asociación Psiquiátrica Americana, la del 2008, en donde la APA instaba a los reporteros y escritores especializados a ayudar a trasmitir que los tratamientos psiquiátricos funcionan y son eficaces. La presidenta entrante, Nada Logan, afirmaba que: Nuestras enfermedades son reales, necesitamos trabajar juntos para poder trasmitir a los pacientes y a las familias que los tratamientos psiquiátricos funcionan y que nuestros datos son tan sólidos como en otros campos de la medicina.

En una gran sala de exposición, por la que se paseaba Whitaker, movido por la curiosidad, distintas compañía farmacéuticas tenían montados lo que vamos a llamar sus «chiringuitos», con inmensos centros de bienvenida, donde si eras médico, podías recoger distintas baratijas y regalos. Parece ser que en el chiringuito de Pfizer, una de ellas, bañada en los dólares de sus productos estrella, podías recoger un nuevo regalo personalizado cada día, con tu propio nombre grabado. Llamaba la atención el regalo especial que les daban por contestar a las preguntas sobre las maravillas del tratamiento de Geodón para las enfermedades bipolares.
Allí estaban, además de Pfizer, diversas compañías farmacéuticas, como Eli Lilly, Bristol-Myers, y otras más. Compañías que a lo largo de los años tendrán diversas demandas de pacientes, por los efectos de sus fármacos.
Ofrecían refrigerios gratuitos, como forma de propaganda, y el hecho de que a los oradores se les pagaba bien por sus conferencias, los cuales procedían de destacados centros académicos, era algo conocido. Biederman, figura destacada en la popularización del trastorno bipolar juvenil, había recibido ayudas de ocho empresas farmacéuticas.

El cuadro que pintaba Whitaker era imponente, se parecía al salón de baile de primera clase del Titanic. Aquí podíamos ver al descubierto el entramado de la Big Pharma y de la APA. Diapositivas que se proyectaban en PowerPoint, en pantallas mayores que las de un cine, con manuales de contestación a preguntas de control remoto. Todo un espectáculo de circo, hasta con su estrella, una paciente, artista conocida, para revalidar lo maravillosos que eran los tratamientos psiquiátricos, y que afirmaba: cuando oigo a alguien decir en una de mis charlas: «yo no necesito medicación, no la tomo”, le digo: siéntate, estás haciendo el ridículo.
El juego era claro, todo estaba organizado para presentar a una profesión muy segura de sus métodos y de los psicofármacos que empleaban.

A la ponencia, posiblemente molesta, como la de Martín Harrow que daría una charla sobre su estudio del resultado a largo plazo de la esquizofrenia, se le había asignado una de las salas más pequeñas y limitado su tiempo a veinte minutos. ¿Casualidad? Harrow era una de las excepciones a la regla, a la exposición de los triunfadores de ese encuentro del 2008 de la APA.

Allí estaban algunos señores, a los que Whitaker eligió escuchar. Al empezar a oírlos rápidamente cogió su cuaderno de apuntes. Nos lo trasmitió por suerte. La ponencia no tenía desperdicio. Se estaba explicando que los ISRS habían sido desastrosos para los tratamientos de bipolaridad y que eran los causantes de los mismos.

Se estaba explicando que los ISRS habían sido desastrosos para los tratamientos de bipolaridad y que eran los causantes de los mismos.


¿Qué? Sentí al leerlo. El zumbido me resonó en los oídos como una fuerte tormenta cercana, en medio de la noche, a la que se une el silbido fuerte del viento. Las nubes tapaban el cielo de una borrasca que empapaba mi mente más allá de mi capacidad de asimilación.
Si mal no estaba leyendo, quería decir que gente con depresión iba a la consulta, le mandaban un ISRS, lo que le producía daño y podía desembocar en una bipolaridad.
Me quedé sobrecogida y anonadada. A estos señores, psiquiatras de la sala en la que había entrado Whitaker no se les oía, no eran las ponencias estrellas de las salas promocionadas por las Big Pharmas, no era la estrella Patty Duke, paciente célebre que reafirmaba el papel de la psiquiatría con palabras como: Contar con gente como vosotros que habéis decidido cuidar de nosotros y guiarnos para que consigamos llevar una vida más equilibrada, es más que una bendición para todos…
¿Qué? Esto iba a producir la indignación de muchos, si se divulgaba, las ganas de inundar las calles con protestas, la tristeza de los pacientes engañados y de sus familias apesadumbradas. Pero tal cosa no ocurriría. Todo estaba bien controlado, por la APA y sus otros aliados, en aquel año del 2008, aunque se les escapaba un luchador, Peter Breggin, al que con acierto le llamaban «la conciencia de la psiquiatría», que nunca dejó de manifestar sus abierto rechazo a la psiquiatría biomédica.

Para consolarme fui al libro que tenía de Jorge Luis Tizón, La reforma psiquiátrica, el porvenir de una ilusión, intentando recordar sus palabras sobre lo que él llama, con justicia, la psiquiatría biocomercial.

No podemos seguir confundiendo a la población con la idea de que tratando con más y con más psicofármacos a más y más personas se están atacando los problemas de salud mental (en pura simbología belicista), y menos aún se está haciendo salud mental en Atención Primaria o en los servicios comunitarios.
Tizón está hablando, de la realidad española en 2023, la de ahora, de una psiquiatría biocomercial (biologista, farmacológica y malgastadora de recursos) muy poco eficaz, además de carísima e ineficiente. (p. 98).

¡Cuantos años nos han estado engañando! Moviendo los hilos de miles y millones de personas, de sus destinos, truncando datos, y con cara de buena gente, presentándonos una realidad que no era tal. Por ello Whitaker los llamó los cuentacuentos. Movidos por la codicia y la ambición, con sus campañas de marketing perfectamente organizadas. Los psiquiatras y las farmacéuticas no estaban vendiendo salchichas en el mercado, ni hamburguesas, que uno toma o no, si quiere. Estaban vendiendo el dolor y el sufrimiento, destrozando vidas humanas, bajo el envoltorio las pastillas mágicas.

Los psiquiatras y las farmacéuticas no estaban vendiendo salchichas en el mercado, ni hamburguesas, que uno toma o no, si quiere. Estaban vendiendo el dolor y el sufrimiento, destrozando vidas humanas, bajo el envoltorio las pastillas mágicas.

Volviendo a la ponencia que escuchaba Whitaker, en aquel 2008, y cuyas palabras transcribo:

Los antidepresivos -dijo Nassir Ghaemi, del Centro Médico de Tufts- pueden causar cambios maníacos y hacer que los pacientes experimenten ciclos más rápidos y provocar e incrementar la cuantía de los episodios depresivos. Los ciclos más rápidos, añadió Post, conducen a un final muy malo.
El número de episodios, y hay una literatura muy rica que los demuestra, está asociado con más déficit cognitivos –dijo– estamos creando más resistencia al tratamiento…

Las paginas 211 y 212 de Anatomía de una Epidemia de Whitaker no tienen desperdicio. Hay que leerlas despacio, una y otra vez, en un proceso de asimilación muy doloroso, que te lleve a no saltar sobre la silla, dar vueltas por la habitación, y una y otra vez repetirte: Esta barbaridad, como muchas otras de la psiquiatría, ¿cómo se come?
Está envuelta en una píldora mágica que dice que todo lo cura, y que puede tener sabor a naranja, como alguna que se les da a los niños, pero que no deja de ser una píldora llena de efectos secundarios. Podíamos decir de sustancias que alteran el funcionamiento normal del sistema nervioso y de otros sistemas del cuerpo.

Los resultados de los tratamientos bipolares eran peores que treinta años antes, y los antidepresivos eran unos posibles culpables de ellos.
Ghaemi se armó de valor, dentro de ese foro de expertos a favor de una psiquiatría biomédica, y dijo que la psiquiatría necesitaba adoptar un enfoque hipocrático en el uso de medicamentos psiquiátricos: ¿Pueden 50.000 psiquiatras estar equivocados? Preguntó hablando sobre el uso de los antidepresivos para el trastorno bipolar. Yo creo que probablemente la respuesta es que sí.

¿Pueden 50.000 psiquiatras estar equivocados? Preguntó hablando sobre el uso de los antidepresivos para el trastorno bipolar. Yo creo que probablemente la respuesta es que sí.


Había pruebas sólidas para ir en la línea que él señalaba.
Cuando Ghaemi dijo Diagnosis, no fármacos varios miembros del público, que se habían ido poniendo nerviosos con el debate, le abuchearon. Esto es lo que aguantaba a la disidencia un grupo de expertos que se supone que tienen que estar abiertos a ver la verdad, y a admitir que se pueden equivocar.

Por la ventana de la mirada de Whitaker hemos entrado en una de las reuniones anuales de la APA, y ver que en el 2008 se seguía contando la misma historia maravillosa de los psicofármacos, a pesar de que la realidad dejaba mucho que desear.

Se nos cuenta la historia de que antes de 1955, cuando salió al mercado Thorazine, el primer antipsicótico, los hospitales psiquiátricos estaban llenos de lunáticos, y que el fármaco permitió que cerraran los decrépitos hospitales y que la atención a los diagnosticados de esquizofrenia se realizase en la comunidad. Aquí nos encontramos con una falsificación de la historia, el dar de alta a los pacientes se debió a la legislación de Medicare y Medicaid, y no a la llegada del Thorazine.

Clorpromazina, antipsicótico de primera generación


La ley americana de Centros Comunitarios de Salud Mental, promulgada en 1963, fue la que sentó las bases para cerrar los grandes asilos estatales y fomentar la atención comunitaria. La legislación de Medicare y Medicaid es de 1965.

Una clausula clave en el Medicaid original prohibió el uso de fondos federales para la atención de pacientes de 22 a 64 años en instituciones para enfermedades mentales de más de 16 camas. Esto aceleró la desinstitucionalización, ya que los estados buscaban trasladar a los pacientes a entornos cubiertos por Medicaid, como hogares de ancianos o comunidades.
Medicare en los años 70-80 puso límites estrictos a los días de hospitalización psiquiátrica a la vez que un mayor coste compartido, copagos, para los servicios ambulatorios de salud mental.
Se dice que si Medicare y Medicaid han permitido que millones de personas en Estados Unidos accedan a tratamiento, la exclusión histórica de las instituciones mentales, provocó, a pesar de la garantía de las recetas, añadimos, que muchos terminaran en las cárceles o sin hogar.

Traspasamos este modelo a nuestra realidad, porque aquí, la falsificación de los resultados de la tardía reforma psiquiátrica también se ha dado. Esto es otro capítulo para escribir.

Después de pasearnos con la mirada de Whitaker por los salones de la reunión anual de la APA del 2008 de Estados Unidos, vamos a ir de la mano de dos profesionales españoles, Hector González Pardo, biólogo y profesor de Psicofarmacología del departamento de Psicología de la Universidad de Oviedo, y Marino Pérez Álvarez, psicólogo clínico y catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo.

El primer punto que señalan es que se trata de hacer pasar un trastorno por enfermedad. Aunque los DSM y los CIE lo llamen así, «trastornos», se repite una y otra vez que un trastorno es una enfermedad como otra cualquiera, y así se utiliza en toda la propaganda de marketing. Recuérdese, añado, que se habla constantemente de conciencia de enfermedad, y de otras palabras que están dentro de la jerga psiquiátrica. Y como quiera que la enfermedad supone una base orgánica, en donde queda sugerida en base al uso de los medicamentos, y especificada en términos de desequilibrios bioquímicos los cuales nunca han sido demostrados.

Sigamos con la jerga, hablando del Prozac, un ISRS, que presupone toda una una concepción neuroquímica del funcionamiento psicológico trastornado, para estar bien, o ya ni siquiera trastornado, como se ve en la propaganda, para estar mejor que bien. Todo esto apuntalado por los postulados genéticos, con ocasión del genoma humano.

González Pardo y Pérez Álvarez hacen un esquema de la propaganda en cinco grupos fundamentales:
1.- La propaganda dirigida al pacientes
2.- La propaganda dirigida a los médicos de atención primaria
3.- La educación continuada de los psiquiatras
4.- La financiación de la investigación psiquiátrica
5.- La autocomplacencia de los pacientes

De la mano de estos dos profesores, de reconocido prestigio, vamos a entrar en el primero de estos puntos:

  • La propaganda dirigida al cliente es más moderna que otras.
    Antes se consideraba que el destinatario propio debía de ser el profesional. Ahora, desde la aparición de los nuevos antidepresivos (inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina) la propaganda aparece en anuncios de periódicos, revistas, televisión, como en Estados Unidos y en Australia. Aquí en España el anuncio directo no está permitido, pero a través de las redes se hace propaganda, con múltiples artículos, y entrevistas por sus efectos beneficiosos.

    El anuncio de la farmacéutica Eli Lilly, uno de los promotores del simposio de la APA del 2008, es el siguiente de su producto estrella el Prozac:
    Como la diabetes o la artritis la depresión es una enfermedad física. La serotonina, un importante elemento químico encontrado en el cerebro, está vinculada a la depresión. Cuando la serotonina está baja, usted puede sufrir depresión. [A la par se presenta un rostro con expresión triste y el perfil de un cerebro con únicamente tres puntos indicativos de la escasez de la serotonina]. Cuando usted tiene suficiente serotonina, los síntomas de la depresión pueden desaparecer. [Se muestra ahora el mismo rostro alegre y el cerebro lleno de puntos representando la serotonina].

    Otra forma de llegar al paciente son las noticias de supuestos hallazgos científicos, mostrando causas biológicas de trastornos mentales, y los preparados que remedian éstas. Funcionan como propaganda bajo pretexto de noticias. ¿Son noticias filtradas con propósitos propagandísticos? Es muy frecuente verlas en internet. Existe una descarada desconexión entre lo que dice la noticia y lo que realmente se sabe.

Volvamos a la historia de Silje, una niña noruega. Fue acosada en la escuela cuando tenía doce años. Con 16 años fue ingresada en un pabellón psiquiátrico, donde le diagnosticaron una depresión moderada y le dieron Prozac (antidepresivo).
A las tres semanas doblaron la dosis, y entonces fue cuando Silje empezó a cortarse en los brazos y en el estómago. Su comportamiento se volvió agresivo. Escuchaba una voz interior y tenía ideas suicidas. Le recetaron un neurolépticos. Tres días después vio a un hombre con una túnica y una capucha negra que le dijo que estaba a punto de morir y que se ahogara en un río… Nunca había tenido esos síntomas hasta que empezaron a medicarla. Cuando dejó de tomarlo después de diez años, no volvió a tenerlos.
Durante esos diez años que estuvo psiquiatrizada empeoró cada vez más, con autolesiones graves y con intentos de suicidio. Recibió contenciones mecánicas en ciento noventa y cinco ocasiones.
Cuando llevaba siete años en psiquiatría conoció a un cuidador que vio a Silje detrás del diagnóstico y cuidó de ella, lo que hizo que saliera adelante.
Recibió veintiún psicofármacos diferentes, de diversas clases. Esto no se puede considerar medicina basada en la evidencia, es una barbaridad.
Quiso contar su historia y como relata Peter Gøtzsche, la editorial se echó atrás porque no quería que dijera que los fármacos que le habían prescrito era la razón de que enfermara tanto.

Realizó un documental, informativo y conmovedor titulado La pastilla feliz.

Había sobrevivido diez años a la tortura en psiquiatría.

Silje y el cuidador que le salvó de las garras de la psiquiatría han viajado por todo el mundo dando conferencias en relación a la proyección de la película.

La ocultación de los daños de la psiquiatría está presente hasta hoy día. Los cuentacuentos no quieren hablar de ella, porque se sienten frente a las cuerdas. La verdad es difícil de asumir.
Peter Gøtzsche relata el estreno de una película en el festival de cine documental de Copenhague en el 2017, Causa de muerte: desconocida.

La temática de la película es la historia de la hermana del realizador, quien murió muy joven después de que su psiquiatra la sobremedicara con olanzapina (Zyprexa). El neuroléptico la convirtió en un zombi, que la llevó a una muerte súbita. El título hace referencia, según comenta Gøtzsche, al disfraz de los asesinatos en psiquiatría con neurolépticos.

Se le había pedido a Gøtzsche que participara en el debate del estreno de la película hablando sobre la industria de los psicofármacos, cuando de repente decidieron prescindir de él. En esta censura estaba involucrado en fabricante de medicamentos danés Lundberck que vendía fármacos para la depresión y neurolépticos.

La censura en los medios de comunicación es muy fuerte. Gøtzsche cuando publicó uno de sus libros, en el 2014 fue entrevistado por una periodista de La Vanguardia, el principal periódico de Barcelona. Sin embargo la entrevista nunca fue publicada. Se enteró más tarde de la relaciones financieras entre el periódico y la industria farmacéutica. Cuando Peter Gøtzsche plantea que la psiquiatría como especialidad del campo de la medicina debería desaparecer porque hace más daño que bien, ¿cuál seria tu respuesta?




Estamos al principio de la historia de los cuentacuentos. Hay más capítulos. No dejamos de inquietarnos por los fraudes que dentro de la psiquiatría biomédica existen y nos sobrecoge de los daños terribles que ocasiona. ¿Qué se puede hacer? Pienso, cualquier cosa, menos quedarse callado.








M.ª Rosa Arija Soutullo
Psicóloga
Febrero, 2026



REFERENCIAS:

  • González Pardo, Hector y Pérez Alvarez, Marino. La invención de los trastornos mentales. Alianza Editorial 2007.
  • Gotzsche, Peter C. Kit de supervivencia para la salud mental y retirada de psicofármacos. Instituto para la libertad científica. Copenhague, 2020.
  • Tizón, Jorge L. La reforma psiquiátrica. El porvenir de una ilusión. Herder 2023.
  • Whitaker, Robert. Anatomía de una epidemia. Medicamentos psiquiátricos y el asombroso aumento de las enfermedades mentales. Traducido al español en el 2017 por J. Manuel Álvarez. Editorial Capital Swing. El original se publicó en inglés en el 2010.

 Asociación de Afectados por la Psiquiatría (Apsi)
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