
Por Miguel Jara22 enero, 2026
La pregabalina, comercializada como Lyrica, sigue siendo un fármaco clave en dolor neuropático y epilepsia, pero en los últimos años se han intensificado las alertas por su potencial de abuso, dependencia y efectos adversos graves, lo que obliga a una prescripción y un seguimiento mucho más prudentes.
Al mismo tiempo, han aparecido formulaciones de liberación retardada y se actualizan las fichas técnicas europeas, reforzando las advertencias sobre suicidio, síndrome de retirada y uso indebido.
Qué es Lyrica hoy
Lyrica es el nombre comercial de la pregabalina, un medicamento que actúa sobre el sistema nervioso central y se utiliza principalmente para el tratamiento del dolor neuropático, ciertas formas de epilepsia y el trastorno de ansiedad generalizada en algunos países.
En Europa se mantiene autorizado como alternativa útil para el dolor neuropático periférico y la epilepsia de inicio parcial, con eficacia demostrada frente a placebo, aunque no está exenta de riesgos relevantes.
Según la información oficial de la Agencia Europea de Medicamentos (EMA), el tratamiento suele iniciarse con 150 mg/día divididos en dos o tres tomas, con posibilidad de aumentar la dosis según respuesta y tolerancia hasta un máximo habitual de 600 mg/día.
En los ensayos clínicos controlados (financiados por el laboratorio fabricante, Pfizer), alrededor del 35% de los pacientes tratados con pregabalina alcanzaron una reducción de al menos el 50% del dolor neuropático, frente al 18% con placebo, lo que explica su elevada difusión en la práctica clínica.
En los últimos años se ha consolidado el uso de pregabalina como uno de los fármacos de referencia en el manejo del dolor neuropático, aunque las guías comparan su eficacia con la de gabapentina, concluyendo que ambos comparten una efectividad similar y perfiles de seguridad comparables.
Esta equiparación abre el debate sobre cuál debería ser la primera elección en cada paciente, especialmente cuando se consideran costes, comorbilidades y potencial de abuso.
Como novedad, se ha introducido una formulación de pregabalina de liberación retardada, diseñada para mejorar la adherencia con una sola toma diaria y ofrecer un control más estable del dolor neuropático en enfermedades como la diabetes o la neuralgia posherpética.
Este tipo de presentación puede ayudar a mitigar algunos picos de concentración plasmática relacionados con efectos adversos como somnolencia o mareos, aunque sigue compartiendo los mismos riesgos de base que la formulación inmediata.
Riesgos, alertas y potencial de abuso
Las últimas actualizaciones de la ficha técnica europea de Lyrica insisten en el riesgo de comportamientos y pensamientos suicidas, documentando un incremento en este tipo de eventos en personas tratadas con pregabalina frente a periodos sin tratamiento, lo que obliga a vigilar estrechamente a los pacientes.
Las autoridades recomiendan informar desde el inicio del tratamiento sobre la posible aparición de ideación suicida y plantear la retirada gradual del fármaco si se detectan estos síntomas.
Otro aspecto crítico es el potencial de abuso y dependencia: la EMA reconoce que la pregabalina puede causar drogodependencia incluso a dosis terapéuticas, habiéndose notificado casos de uso incorrecto, aumento compulsivo de dosis y síntomas de abstinencia tras la suspensión.
Por ello se aconseja especial precaución en personas con antecedentes de abuso de sustancias, monitorizando señales como tolerancia, búsqueda compulsiva del medicamento o síndrome de retirada (ansiedad intensa, insomnio, sudoración, convulsiones) al interrumpirlo.
Más allá del ámbito sanitario, la pregabalina ha saltado a las páginas de sucesos por su uso como droga de enganche en determinados contextos de consumo problemático. En España se han descrito casos en los que las cápsulas de pregabalina se vendían en el mercado ilícito junto con otras sustancias psicoactivas, aprovechando sus efectos sedantes y euforizantes en algunos perfiles de usuarios.
La experiencia internacional tampoco es tranquilizadora: en Reino Unido se ha relacionado el consumo de pregabalina con miles de muertes, hasta el punto de endurecer las políticas de prescripción y control de este fármaco.
Un estudio realizado en Suecia en 2021 concluyó que la pregabalina estaba implicada aproximadamente en el 28% de las intoxicaciones mortales entre personas con drogodependencia, reforzando la necesidad de tratarlo como un medicamento de alto riesgo en determinados colectivos.
Farmacovigilancia, seguridad y derechos del paciente
El fármaco se ha considerado tradicionalmente “seguro” en los ensayos clínicos, con efectos adversos frecuentes como somnolencia, mareos, aumento de peso, infecciones respiratorias altas o nasofaringitis, generalmente de intensidad leve o moderada.
Sin embargo, en la práctica real han emergido señales de seguridad que incluyen insuficiencia cardiaca en determinados pacientes, riesgos psiquiátricos y problemas graves al suspender bruscamente el tratamiento, lo que obliga a reforzar la farmacovigilancia.
Las estadísticas oficiales de notificaciones de reacciones adversas a medicamentos en España muestran miles de casos anuales, y diversos análisis independientes han señalado las dificultades que encuentran pacientes y profesionales para comunicar estos daños de forma eficiente, lo que limita la capacidad del sistema para detectar problemas como los asociados a pregabalina.
Esta opacidad se combina con la tendencia de la industria farmacéutica a invocar el “secreto comercial” para no hacer públicos todos los datos de seguridad de sus ensayos, una situación frente a la que la Agencia Europea de Medicamentos ha reivindicado su potestad para decidir qué información es o no confidencial.
En paralelo, en España se han multiplicado los casos judiciales por daños causados por fármacos, productos sanitarios defectuosos y negligencias médicas, evidenciando que la vía legal puede ser una herramienta decisiva para exigir responsabilidades y compensaciones cuando un medicamento provoca daños graves.
